La herencia de los primeros viajeros

En los últimos tiempos, el concepto de viajar se ha romantizado mucho, en algunos casos, y erosionado, en muchos otros. Tendemos a percibir el viaje sólo como una aventura, estigmatizándolo como una experiencia que determina alguna destreza física o cultural específica para llevarlo a cabo. Solemos pensar: cuánto más lejos y remoto, mejor. Cuanto más peligroso, más significativo. Cuanto más exótico, más real. En el otro extremo, hacía peor seguramente, está la interpretación del viaje como un simple fin lúdico: el viaje y las vacaciones. Viene bien que dos profesionales de los viajes como David Rull y Jordi Serrallonga se alejen de los tópicos y aborden al viaje y sus primeros grandes viajeros desde sus orígenes, tomando un punto de distancia respecto a la narrativa como un esbozo literario.



Que un par de instituciones del viaje como concepto global afronten la evolución del mismo desde una perspectiva científica, naturalista, antropológica y arqueológica no le resta épica al trabajo, sino que lograr transformar la experiencia para hacerla aún más poderosa. Hablar de viajes es hablar de migraciones, por ejemplo. Y para entender el fenómeno de la migración en toda su magnitud, los autores recurren a los primeros homínidos y al mundo animal, donde existen viajeros conscientes y viajeros inconscientes. Los viajeros que tienen interiorizada la ruta de viaje y los viajeros que se desplazan por intuición, casi siempre partiendo de una necesidad de supervivencia. Si uno se detiene a reflexionarlo, es factible que pueda trasladar ciertas conclusiones a las sociedades contemporáneas para poder comprender el desarrollo del mundo hasta nuestros días.

Algo que no debe de dejar indiferente a nadie, es que los viajes con propósito no necesariamente establecen una distancia tan tangible con los viajes sin propósito; es decir, si uno viaja como Herkhuf, con ambiciones comerciales, el contacto con determinadas civilizaciones y culturales supondrá, inevitablemente, un cambio en la percepción y comportamiento del viajero y de los que lo rodean en campos que no necesariamente estén ligados al espectro comercial. Que una inmersión cultural sea más o menos consciente no siempre quiere decir que pueda ser más o menos profunda. También, por otro lado, es necesario recordar que varios de los grandes descubrimientos de la humanidad no fueron mediante ideas preconcebidas. Como aquellos navegantes que buscaban tierras y tesoros remotos o los expedicionarios británicos obsesionados con la fuente de ríos míticos en África. Muchos de ellos quizá no lograron sus objetivos inicialmente trazados, pero su hoja de ruta sirvió para establecer vínculos poderosísimos con culturas y entornos inexplorados.

Para entender el fenómeno de la migración en toda su magnitud los autores recurren a los primeros homínidos y al mundo animal, donde existen viajeros conscientes e inconscientes

Heródoto de Halicarnaso, como lo advierten los autores, determina un antes y un después en el desarrollo del viaje a partir de una mirada consciente: la curiosidad como estímulo, la necesidad de conocimiento y la documentación del viaje. Es decir, a partir de su figura, comienza a existir un deseo por interpretar el mundo. Tanto Rull como Serrallonga hacen un matiz muy necesario que separa sutilmente a Heródoto de los textos homéricos: sus relatos pretenden centrarse en encuentros humanos, dejando de lado la divinidad y heroísmo de la mitología griega. Por eso, pese a que la literatura homérica tiene una carga histórica inestimable, no se puede considerar a Homero como un punto de inflexión a partir de una perspectiva más universalista.

Si uno analiza a un cronista de viajes puro y duro como Batuta, el gran aventurero islámico, y Darwin, naturalista y científico, pareciera que no habla del mismo concepto, pero viajar es eso: desplazarte, física o virtualmente, para interpretar el mundo en un sentido más amplio. Todos están expuestos a lo mismo y todos son capaces de percibirlo, por eso es pertinente matizar, con la lucidez de los autores, que “la narrativa de viajes es quizás el elemento que más une a viajeros de diferentes procedencias e inquietudes. Ya sea el relato de un comerciante, un historiador, un explorador o un científico, siempre encontraremos elementos y detalles descriptivos, pero también las impresiones más intimas de aquellas que se desplazan por el territorio”.

David Rull y Jordi Serrallonga centran sus relatos en encuentros humanos, dejando de lado la divinidad y heroísmo de la mitología griega

Como buenos devotos de la ciencia y la naturaleza, no dudan en usar a menudo el término “con mucha probabilidad” para referir hechos que los que los periodistas y los narradores de viajes damos por hecho que son reales por el simple hecho de que están establecidos como normal universal. Siempre es bueno matizar y, especialmente, dudar. Contrario a lo que parece, le da más verosimilitud a los relatos y barniza la crónica de humildad, que casi nunca sobra.

Es pertinente recordar que la narrativa de viajes, en un contexto más o menos literario, no puede y no debe permitirse renunciar a determinados esfuerzos científicos, naturalistas, arqueológicos y antropológicos para interpretar y transmitir mejor la experiencia del viaje. Una crónica de viaje sin aproximaciones culturales es una crónica sin alma.

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