David Trueba y Tierra de Campos

“La carretera se dibujaba en una recta infinita y gris que cortaba los campos a ambos lados. Campos que exprimían la paleta de toda gama de amarillo y ocres. Ese paisaje cobraba una familiaridad asociada a los viajes con mi padre. Su alma era eso, quizá.”

El otro día Fernando Clemot decía que escribir residía, en resumidas cuentas, en transformar lo ordinario en algo extraordinario. Con David Trueba (Madrid, 1969), autor de títulos como Saber Perder y Cuatro Amigos, ocurre un fenómeno todavía más potente, porque no solo reviste lo cotidiano, sino que va romantizando vicios, excesos y desventuras con sobrada destreza literaria.

Tierra de Campos, su más reciente novela, es un relato en primera persona más intimo y ambicioso de lo que a simple vista podría parecer. Con esa ironía y melancolía que tanto le caracteriza, nos cuenta la historia de Daniel Mosca, un músico que emprende un viaje junto a un “chófer ecuatoriano, pintoresco y charlatán, de la mejor estirpe cómica”, en un coche fúnebre con el objetivo de enterrar a su padre en el pueblo donde nació. 

Ya advertía en su momento Juan José Millás que “todos los libros son autobiográficos”, y en este, particularmente, se percibe una carga simbólica y emocional que le convierten, irremediablemente, en una especie de reconstrucción de tiempo y de lugar. Una vuelta al pasado que pide y ofrece explicaciones con la complicidad de una reveladora banda sonora.

Como explicaba el propio autor en una charla posterior a la presentación de su novela, Tierra de Campos juega un papel determinante en la concepción de la historia, pero no solo por ser el lugar del que es originario el padre del protagonista, sino porque logra conceptualizarlo como un dilema entre la tradición y la modernidad. Siendo su padre originario de Villafrades de Campos, que Trueba haya hecho una de las pocas presentaciones de la obra en la Villa del libro de Urueña, dentro de la librería temática de periodismo Primera Página, no fue, de ninguna manera, fruto de la casualidad.

David Trueba, con esa agudeza y versatilidad de escritor consumado, va tejiendo una red narrativa poderosa que después, sin prisas ni exabruptos, transforma un relato personal en algo más grande y trascendente: una constante contradicción entre la propia fuerza de los ideales y las heridas que no terminan de cicatrizar.

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