Hijos del Monzón

¿Pierden sentido las emociones individuales ante el dolor colectivo?
Esta es la incógnita que se plantea David Jiménez al final del libro Hijos del monzón, obra premiada como mejor libro de literatura de viajes en España de 2007, y donde se narra la historia y vida de diez niños autóctonos de diferentes países del Extremo Oriente; quienes además de vivir en territorios azotados fuertemente por los fenómenos climatológicos de los monzones, se han visto también afectados negativamente por el rápido y eficaz desarrollo económico, tecnológico y especialmente social que ha sufrido en las últimas décadas el continente asiático. Niños que se convirtieron en el blanco del desprecio y el olvido, y que al mismo tiempo se vieron obligados a tratar de persistir con valor y entereza al futuro poco optimista que les depara la vida. 

El valor que mueve a los protagonistas de estas historias a huir, trasladarse, esconderse, emigrar o peregrinar y la forma en la que el periodista David Jiménez -en aquel momento, corresponsal de El Mundo, en Ásia- lo plasma en el libro, provoca en los lectores reacciones inmediatas de impotencia e injusticia, pero al mismo tiempo una autorreflexión necesaria sobre una realidad que debe ser contada y conocedora por el mundo.

Asia es un continente acostumbrado a la tragedia como una parte inevitable de la vida, formado por pueblos esculpidos en la dificultad y acostumbrado a levantarse una y otra vez para seguir adelante”(p. 272). 

La historia de estos niños, es un viaje por algunos países del este asiático, un viaje que cuenta la vida de aquellos que tal y como cita en la primera página del libro “No han logrado subirse al tren de las oportunidades y han sido a menudo aplastados por un modelo de sociedad que les ha hurtado la voz” y les ha robado la infancia, hasta el punto de convertirlos en los mayores perjudicados de la inestabilidad de sus gobiernos, guerras, enfermedades, pobreza y abandonos.

Nadie tendría que escribir un libro sobre niños que viven en alcantarillas o sobre una niña que muere de Sida” relata el periodista.

Por otro lado, el autor logra conectar las historias de cada niño con la explicación de la situación política, económica y social que vive el país en aquel momento. Acompañando cada relato con anécdotas y experiencias propias vividas con Vothy, Belleza Eterna o Yeshe -algunos de los pequeños protagonistas- mientras recorría el continente asiático como corresponsal de guerra. Logrando así, que con breves historias el lector entienda y se involucre totalmente con cada caso, hasta el punto de empatizar con los protagonistas y descubrir que los problemas del mundo occidental pierden sentido ante la inmensidad del dolor colectivo de otras sociedades con las que muchas veces convivimos durante nuestras vacaciones, y que simplemente no nos damos cuenta que por ejemplo, el dolor de una madre afgana es el mismo que la de una madre en España.

Es por esto, que se debe percibir cada viaje como un descubrimiento del mundo, visualizarlo desde otro punto de vista, pero sobretodo, transmitirlo para que aquellas personas que viajan leyendo conozcan la otra cara de estos exóticos lugares.

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